
Marc Augé
LA CARA DE NADA que tenemos en los no-lugares refleja una forma de ausencia: laguna mental, azar, velocidad. Ese rostro uniforme, múltiple, intercambiable, es algo que los define: los no-lugares son lugares de paso. Los aeropuertos, las carreteras, el metro, los supermercados. Salvo que se altere notablemente el orden de las ciudades, no hay mayor encuentro. Todo sucede en un tiempo donde “no pasa nada”. Aparentemente son una pausa, un vacío de lenguaje. Pero en ellos se monta un espectáculo: “Las autopistas en Francia (...) revelan los paisajes, a veces casi aéreos. Con ellas se ha pasado del filme intimista a los grandes horizontes de los westerns”. Ahora las carreteras cruzan un país, pero a la vez, lo comentan, dice Augé.En el metro, por ejemplo (pero no ahora, y hasta hace poco el metro era la definición del no-lugar), habitamos lo inhabitable. Los andenes. Las esperas sincronizadas. Las escaleras mecánicas. En los no-lugares, los ritos son escuetos, y los mensajes, falsamente cálidos. Nos habla un red-bank, un red-card, una pantalla nos controla, otra mira desde arriba, desde el lugar de la esperanza (¿de más modernidad?). Las cajeras preguntan cosas vacías (¿Es socio del Club líder?), una y otra vez. La publicidad acosa en los no-lugares. Llena los espacios “vacíos” y nos sugiere: no estás solo.
Así se cubre el ruido, el silencio, el supuesto aburrimiento, el posible diálogo. La publicidad ofrece un modo de descanso que no permite aflojar, pero tampoco estar demasiado alertas. Todo es pre-meditado. Los no-lugares hablan. Y como vivimos en un mélange, el problema -demasiado tiempo una tendencia- es cuando convertimos a los demás, en lugares de paso. Y les ponemos publicidad. O canciones cebolleras.